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El objeto de apego

En ocasiones los papás se preocupan porque sus peques no pueden estar en la guarde o irse a dormir sin su peluche o mantita para sentirse seguros. En realidad esto es perfectamente normal. Los niños necesitan sentirse seguros cuando se van a la cama o se encuentran en sus primeros años de cole y necesitan una figura cercana que tome el lugar de sus papás. Ellos mismos serán los que elijan esa figura representada por un objeto (un peluche, una mantita, etc.) y que se convertirá en algo tremendamente querido, será el objeto de apego.

Poco a poco se irán encariñando con ese objeto y se irá generando un apego que lo convertirá en algo imprescindible para ellos. Con su peluche el niño consigue sentirse seguro y tiene un valor muy especial, ya que representa su unión con papá y mamá. Con el tiempo, a medida que van creciendo y se sienten más seguros, lo irán abandonando paulatinamente.

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Pero, ¿por qué les gusta tanto?

El pensamiento de que el niño es tímido o problemático por mostrar este apego al peluche es erróneo, es necesario que pasen esta etapa inicial en sus vidas y la superarán con el tiempo sin ningún tipo de trauma.

Puede parecernos extraño este comportamiento, pero debemos pensar que ese peluche representa un consuelo en los momentos tristes y lo que desata su imaginación. Debemos tener muy en cuenta que la presencia de ese objeto de apego, será imprescindible en determinados momentos en los que sea necesario calmar su ansiedad, en circunstancias de conflicto y situaciones incómodas para el niño.

Entonces, ¿cómo debemos actuar?

No es necesario que mostremos un cariño excesivo hacia el objeto, pero tampoco considerarlo como un trasto inútil e intentar que el niño lo abandone. En ningún caso deberá ser objeto de castigo privando al niño de su compañía. Simplemente deberemos mantener una postura equilibrada, que considere el juguete como un objeto significativo.

Mantenerlo siempre en las mejores condiciones posibles como si de un objeto nuestro se tratase. Si se rompe, intentaremos arreglarlo siempre con la aceptación y ayuda del niño; si se pierde, ayudarle a recuperarlo de nuevo; si el niño quiere ir con él a la calle, deberemos respetar su decisión, y si no es posible deberá ser él mismo quien decida dejarlo en casa.

Finalmente, cuando el niño tenga cinco o seis años, empezará a sentirse más autónomo con sus emociones e irá prescindiendo del objeto de apego, desapareciendo el vínculo que los mantenía unidos de manera inseparable y dando paso a una relación más equitativa con todos sus juguetes.

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